viernes, 16 de junio de 2017

Movilidad, inmóvil/ Columna en ADN

Por ANUAR SAAD

No es un secreto: en desarrollo, escenarios deportivos, recintos feriales, parques, pujanza comercial, generación de empleo y arborización, Barranquilla se mueve. Pero paradójicamente, donde no se mueve, es en su movilidad vial.

Si bien los auxiliares de tránsito que el Distrito ha dispuesto en distintos sectores –especialmente los más congestionados en las horas pico—son de invaluable ayuda para tratar de mitigar el caos vehicular en esta capital, también es cierto que las medidas tomadas para  el maremágnum epopéyico que representa movilizarse por nuestra calles es similar al de tratar de curar un cáncer con pañitos de agua tibia y bicarbonato.

El problema de Barranquilla por ser una ciudad que nació casi sin culpa y que fue creciendo sin planeación alguna, lo estamos pagando ahora y con creces. Y es una lástima que una urbe que se muestra hermosa, altiva, cosmopolita, no pueda recorrerse con comodidad pues, tratar de hacerlo de lunes a sábado, es casi una penitencia.

Los trancones no dan tregua: por donde se quiera meter hay filas de carros movilizándose a menos de 10 kilómetros por hora. Solo nos queda soñar con estratégicos, modernos y funcionales puentes elevados (como los de Medellín, por ejemplo) o vías subterráneas como las que hay en muchas capitales latinoamericanas, y que algún día, se compren aceras enteras ocupadas hoy por viviendas o negocios para poder ampliar sus calles.

La vía hacia la ciudadela universitaria, donde ahora abundan colegios de alta alcurnia, es intransitable. Llegar a un destino relativamente cercano entre las 6 y 30 a las 7 y 30 de la mañana en ese sector, puede llevarte 50 minutos si estás de suerte.

Vivimos en una bella ciudad en la que, es innegable, las últimas administraciones han llevado al desarrollo. Pero para disfrutarla, necesitamos recorrerla sin congestiones eternas.


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