martes, 6 de junio de 2017

Saúl, el “sub-payaso”

POR ANUAR SAAD


No era el circo de “Los hermanos Gasca”, pero el número bien podría hacer parte del show. No tenía las mejillas embadurnadas de colorete barato ni el pelo oculto por una estrambótica peluca violeta. Sus finos zapatos de cuero negro hacían extrañar las pantuflas enormes y desfiguradas que suelen llevar los payasos desde tiempos remotos. No usaba tirantas de colores que ajustaran sus calzones remendados. Él, en cambio, vestía de traje entero, oscuro y costoso. A pesar de las diferencias, su alma lo dejó al descubierto: él también era un payaso.

Pero antes que el SPC (Sindicato de Payasos de Colombia) me denuncie por perjurio y calumnia, es mi obligación aclarar que los payasos, esos mismos con los que crecimos cuando no había facebook, twitter, Instagram y entretenimiento barato y digital, eran los que nos alegraban la vida. Podíamos verlos en los circos dos veces al año cada vacación y delirábamos con sus ocurrencias hasta las lágrimas. A veces, los veíamos por televisión en algunos programas que nos acompañaron durante toda la infancia.

En cambió él es un payaso que parece sacado de la truculenta imaginación de Stephen King: un payaso malévolo, macabro, perverso…y corrupto. Para él solo hay un corazón (y un estómago) que le gusta alegrar: el suyo. Aunque repite su mismo número desde hace quince años cuando hace parte de un elegante circo en la capital de la República, es un mísero payaso de reparto. Ni siquiera, es el principal. Algo así como un sub-payaso.

A veces, este payaso, confunde las funciones de su puesto con otras. No es sub-secretario sino sub-mensajero. Patina favores haciendo morisquetas baratas y poniendo cara de “inocente paloma”. Aunque debería entregarse a su público (el pueblo colombiano de quien devenga el sueldo) él prefiere hacerle función privada a su jefe político –el infortunadamente recordado Alejandro Ordoñez—a quien por desventura para él, no pudo cumplirle el último número que consistía en hacer aparecer, como por arte de magia o sacado de un sombrero de copa, a un nuevo miembro de la Corte Constitucional. 

A este remedo de payaso el truco le salió al revés y en vez de Álvaro Mota (candidato de Ordóñez) le apareció Diana Fajardo. Contrario a mis payasos de infancia, este no soportó llevar la procesión por dentro. Él tenía que hacerla manifiesta, pero también de alguna manera le urgía victimarse  para que, así sea por lástima, nadie le reclamara su función incumplida. Con una voz transfigurada, que me recordó al inmortal “Pernito” ¿o sería “Tuerquita?” empezó a repetir haciendo gracias como mono de zoológico: -“Iba al baño y me he encontrado con una cámara de Noticias Uno y como podrán ver me han pegado en la cara. Yo no entiendo. Una cámara de Noticias Uno. ¡Yo no entiendo por qué! Yo cumplo mi función y esto me tiene muy consternado” Vea aquí el show del "payaso Saúl"

Como el caso de los pájaros tirándole a las escopetas, el de Saúl Cruz fue un caso de un enajenado mental o, peor, un impredecible orquestador de falsos positivos que se golpeó dos veces contra la cámara del camarógrafo de Noticias Uno, para alegar que lo habían atacado. Un chiste malo y flojo. Pero contrario al show de Los Gasca, aquí nadie rió. Al contrario, la llama circense se siguió extendiendo y otros payasos como él montaron su número con atril y todo. Unos dieron gracia y otros no, como ese tal José  Obdulio, que lo único gracioso que tiene es, precisamente, su segundo nombre y su remoquete de “padre de la patria”. La carpa entera se estremeció en mensajes de solidaridad con el payaso en desgracia, ese mismo que se ha mantenido dentro del show, gracias los favores personales que suele hacer a los otros miembros de la función: un mandadito, un recadito, un autito, un hotelito, un viajecito, un viatiquito o, por qué no, un lobby descarado para asegurar una curul.

No es lo mismo ver a Tumbelín, Panderito y Bebé estrellándose contra ellos mismos o golpeándose tratando de atinarle a algo, que ver a este burdo remedo de payaso y de político golpearse dos veces contra una cámara para denunciar una agresión. Saúl Cruz no da risa alguna. Ni siquiera lástima. Lo que da es dolor de patria de saber que, con nuestros impuestos, alguien de esa ralea esté en el Congreso de la República. No sé de qué se graduó, pero seguro jamás supo lo que era la ética, el respeto o la dignidad humana.

No sabe el señor Cruz ni siquiera qué es ser payaso, profesión que dignifica al que la ejerce porque no pervierte los valores y porque, además, no representa –como él sí lo hace—un peligro para la sociedad. 

Esperamos que el acto final e inevitable que el destino tiene guardado para todos los de su clase, llegue pronto. Que le caiga el telón. Que caiga tajante y definitivo y borre de la faz del Congreso a un mitómano disfrazado de político… ¡que ni payaso pudo ser!

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